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  • El jesuita Pedro Fabro, canonizado por el Papa Francisco
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El Papa Francisco ha canonizado al padre Pedro Fabro, SJ, uno de los primeros compañeros  de San Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús. Se trata de una canonización denominada equivalente, según la cual, el Papa, por la autoridad que le compete, extiende a la Iglesia universal el culto y la celebración litúrgica de un santo, una vez que se comprueban ciertas condiciones precisadas por el Papa Benedicto XIV. Esta práctica ya había sido utilizada por el Papa actual para canonizar a la beata Ángela de Foligno, y por sus predecesores Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan XXIII y otros.

Pedro Fabro (Pierre Favre) fue el primero de los compañeros estudiantes que Ignacio de Loyola encontró a su llegada al colegio de Santa Bárbara, en la Universidad de la Sorbona. Dentro del primer grupo de compañeros que abandonó París camino de Venecia, en noviembre de 1536, Fabro era reconocido como "nuestro hermano mayor"; es decir, "líder" de aquella primera comunidad en ausencia de Ignacio, que había partido para Azpeitia, su tierra natal. Así lo explica José García de Castro, SJ, profesor de la Facultad de Teología, de Comillas y autor de Pedro Fabro. La cuarta dimensión, orar y vivir (Sal Terrae, 2006). "Fabro es invitación y ánimo a trabajar y vivir en la paz de Dios, el detalle de lo cotidiano, haciendo del encuentro entre todos nosotros y nuestra conversación una manera de encontrarse con Dios", resume García de Castro. En este sentido, Fabro ofrece un necesario equilibrio frente a Francisco Javier: "A veces nos han deslumbrado las grandes hazañas en tierras distantes y hemos mostrado menor interés por la actividad y misión que cada día estamos llamados a realizar cariñosamente en silencio, las misiones en voz baja", añade.

"Yo diría que Fabro destacó principalmente por tres cosas: su capacidad para la conversación, su manera de proponer el encuentro con Dios a través de los ejercicios espirituales y lo que podríamos llamar su "oración constante"", agrega. Sobre la conversación, otro de los primeros jesuitas, el portugués Simao Rodrigues, llegó a decir: "Tuvo este padre la más especial y encantadora suavidad y gracia que he visto en mi vida para tratar y conversar con las gentes, [...] con su mansedumbre y dulzura ganaba para Dios los corazones de aquellos con quienes trataba". El mismo Ignacio reconoció que, en los ejercicios espirituales, "Maestro Fabro tenía el primer lugar", era el que mejor los conocía y daba. El Memorial, que nos acerca a su oración, retrata a una persona que vivía y trabajaba con espontaneidad, y hasta con cierta ingenuidad, en la presencia de Dios.

García de Castro destaca que una de las primeras misiones que Ignacio encomendó a Fabro fue el diálogo con los líderes de la reforma protestante, con el fin de intentar una reconciliación entre la Iglesia católica y el nuevo camino que Lutero había abierto en la Europa del XVI. "Fabro dejó para la Compañía de Jesús y para la Iglesia una puerta siempre abierta al diálogo, al entendimiento, a la escucha; una mirada respetuosa y positiva hacia nuestro interlocutor, aunque piense de manera muy diferente", afirma. Además, fue también un ejemplo de "misionero disponible", "en su corta vida de jesuita, poco más de seis años, recorrió miles de kilómetros por Europa haciendo verdad en su propia vida el espíritu de peregrino que tanto marcó a todos los primeros jesuitas". 

Compañía de Jesús

El Papa Francisco se refirió a Pedro Fabro, en una entrevista reciente, como uno de los jesuitas que más le han impresionado y que constituyen para él un verdadero modelo de vida, destacando "el diálogo con todos, aún con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser un hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con el ser dulce". Sin embargo, García de Castro reconoce que, entre los mismos jesuitas, el nuevo santo sigue siendo bastante desconocido. No son muchas las publicaciones sobre él, "ya que las grandes figuras de Ignacio de Loyola, Francisco Javier o Francisco de Borja dejaron un poco en la sombra la vida de Fabro". Las celebraciones del cuarto centenario de su nacimiento, en 2006, sacaron a la luz diversos aspectos de su legado en la historia, la espiritualidad y la teología. Además, en los próximos meses la universidad organizará distintas actividades para dar a conocer la figura de san Pedro Fabro, pastor y maestro en dar los ejercicios espirituales. 

Para la Compañía de Jesús, la canonización es causa de alegría y agradecimiento. "Todo empezó en París por una sencilla pero profunda historia de amistad en la que Fabro se implicó totalmente. Su  canonización nos invita a seguir escuchando muchos años después el espíritu de aquellas conversaciones para seguir creciendo en amistad, como compañeros de Jesús, sorprendidos de haber sido llamados a esta historia", resume García de Castro. Además, la santidad de Pedro Fabro coincide con la celebración del segundo centenario de la Restauración de la Compañía (1814) y "anima a todos los jesuitas a seguir construyendo dinámica y generosamente nuestra propia vocación y la vocación de toda la Compañía de Jesús, ayudando todos".

"Fabro es también un estímulo que nos anima a vivir esa frase tan propia de la espiritualidad ignaciana: contemplativos en la acción, que refleja nuestro deseo de querer vivir en la presencia de Dios, intentando hacer de cada gesto y de cada palabra un pequeño acto de amor y de servicio", concluye. 

Biografía

Pedro Fabro nació en la Alta Saboya (Francia) en 1506 y murió en Roma (Italia) en 1546, cuando se dirigía al Concilio de Trento. En septiembre de 1872 fue proclamado beato por Pío IX. Hijo de pastores de la Saboya, su gran capacidad intelectual y deseos de estudiar lo llevaron hasta París, donde entró en contacto con Francisco Javier y con Ignacio de Loyola, con los que compartió habitación. Ignacio le ayudó a superar sus dudas y a crecer espiritualmente. Ordenado sacerdote en 1534, forma parte del grupo de los seis primeros compañeros de Ignacio que, ese mismo año, en Montmartre hacen votos de pobreza, castidad y de trabajar en Tierra Santa.

De carácter tímido, se le reconoce una gran capacidad para consolar y animar, y se le considera un auténtico maestro en los ejercicios espirituales, hasta el punto de que para Ignacio era el mejor para dirigirlos. Fue un jesuita ejemplar en su tiempo, uno de los más brillantes intelectualmente y, al mismo tiempo, humilde y dispuesto a servir y ayudar a los demás. Trabajador incansable, a lo largo de sus 40 años de vida, su actividad fue intensa y recorrió gran parte de Europa respondiendo a las misiones a las que fue enviado: profesor de Teología y Sagrada Escritura en Roma, en Worms y Ratisbona; participó en los diálogos entre católicos y protestantes, fue asistente del nuncio papal en Alemania, profesor en la Universidad de Mainz y trabajó para la extensión de la Compañía de Jesús en Alemania, Países Bajos y España.

Fabro es considerado como un precursor del ecumenismo por su manera de afrontar un tiempo en que la Iglesia sufrió grandes desafíos y disputas doctrinales. Su testimonio es el de un auténtico "contemplativo en acción", por su incansable actividad y su gran capacidad de comunicación espiritual con las personas. Todo ello se refleja en su Memorial o Diario Espiritual, escrito principalmente entre 1541 y 1545, y en el que recoge sus experiencias.

20/12/2013